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Coexistencia y resistencia, la riqueza del Sahel vista por Abderrahmane Sissako

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Alberto García Ballesteros [Març de 2021]

En medio del desierto una docena de estatuas de mujeres y máscaras de la cultura bambara son destrozadas a balazos por hombres armados con ak-47. De esta manera, sin necesidad de mostrar ningún cadáver, el director Abderrahmane Sissako da inicio a su película “Timbuktú” (2014) consiguiendo estremecernos ante la violencia genocida de Al Qaeda del Maghreb Islámico. A medida que avanza la historia descubrimos una organización caótica que no consigue ni quiere entender la diversidad de la población local y en la que muchos de sus miembros son también incapaces de comunicarse.

Su intención es plasmar la riqueza cultural de una región y la coexistencia constantemente amenazada por la violencia política, religiosa y económica.

La reflexión de Sissako, sin embargo, va más allá de la fragilidad del proyecto político de los grupos salafistas que se disputaban el control del norte de Mali entre 2012 y 2013. Su intención es plasmar la riqueza cultural de una región y la coexistencia constantemente amenazada por la violencia política, religiosa y económica. Criado entre Mauritania y Mali, formado en la Unión Soviética, residente en Francia y Mauritania, su mirada multicultural y global se ha centrado principalmente en temas identitarios. Tras varios trabajos en Rusia, Turkmenistán y Francia, Sissako se reencuentra con sus raíces africanas inspirado por el gran referente de la negritud, Aimé Césaire. Se trata de su primer largometraje, “La vie sur terre” (1998), realizado en un pueblito rural de Mali. Su mirada costumbrista y divertida sobre los habitantes de este pueblo y la identidad africana ante el cambio de milenio conectó con espectadores y cineastas de todo el mundo, pero sería su siguiente largometraje de ficción el que le consagraría definitivamente como uno de los grandes referentes del cine africano y la negritud en el norte de África.

“Heremakono” (2002) aúna tantos elementos y personajes de lo que significa para él su tierra que podría fácilmente haber sido un cúmulo desordenado de ideas, pero Sissako consigue construir un espacio atemporal de cotidianeidad que engancha al espectador y le acerca al corazón de esta región.

sería su siguiente largometraje de ficción el que le consagraría definitivamente como uno de los grandes referentes del cine africano y la negritud en el norte de África.


Mientras miles de jóvenes intentan embarcarse en el viaje a Europa, uno de nuestros protagonistas, Khatra regresa de Europa y se sitúa junto a los espectadores como un extranjero que descubre a todos los personajes variopintos de la ciudad de Nouadhibou. Su desconocimiento del árabe hassanía y su insistencia en hablar en francés revelan el desajuste de una juventud que ha abandonado su hogar y que se encuentra en un limbo identitario entre Europa y África. Buques de carga en el horizonte, trenes de mercancías y aviones; no sabemos de dónde vienen ni adonde van, pero se asoman distantes a Nouadhibou. También se acercan jóvenes subsaharianos que migran arriesgando sus vidas, comerciantes asiáticos y tribus nómadas. Este lugar de paso, árido pero colorido es un cruce de culturas e historias, y Sissako no duda en celebrarlo con escenas en las que los personajes comparten y aprenden. Un hombre acude a las casas sin electricidad para llevarles luz, una madre enseña a su hija a cantar, un niño enseña árabe a Khatra, un comerciante chino comparte un karaoke con una mujer mauritana…

Sissako consigue construir un espacio atemporal de cotidianeidad que engancha al espectador y le acerca al corazón de esta región.

Sin embargo, el ambiente jovial y distendido también se ve interrumpido ocasionalmente por la violencia cultural y estructural amenazante de un sistema mundo voraz. A veces adopta la forma de imposición poscolonial cuando Sissako nos muestra programas retransmitidos en televisores locales que reflejan únicamente el estilo de vida de la clase media blanca francesa. Otras veces está en los recuerdos de desengaños amorosos y situaciones precarias vividas por los personajes en Francia. Pero la violencia acaba volviéndose directa cuando el mar devuelve el cuerpo sin vida de un joven migrante y cuando presenciamos que la pobreza y el desamparo de ese mismo niño que enseña árabe a Khatra le obligará a migrar sólo y repetir este círculo trágico.

Daily Life in Djenné, Mali. Imatge de Nacions Unides (2015)

La violencia no haría más que recrudecer en el Sahel en los años posteriores al estreno de “Heremakono” y el compromiso de Sissako con la cultura y la diversidad de esta región se fortalecieron enormemente. Antes de volver a embarcarse en un proyecto propio, Sissako produjo a dos directores muy relevantes de Chad y la República Centroafricana (Didier Florent Ouénangaré y Mahamat Saleh Haroun), ambos muy preocupados por la comunicación y la diversidad étnica.

Sissoko vuelve finalmente a Mali para dirigir “Bamako” en su faceta más activista abordando de lleno la violencia estructural a la que es sometido el continente africano, la herencia colonial, el rol del FMI y el Banco Mundial y la corrupción gubernamental. Pero las reflexiones geopolíticas de Sissoko se tornaron pocos años después en gritos de auxilio cuando las tensiones étnicas y el crecimiento del yihadismo global hicieron estallar varios conflictos bélicos en el Sahel. Mali se ve envuelta en una guerra civil iniciada por la población touareg del norte en busca de la independencia de Azawad, pero fuerzas yihadistas ganan la iniciativa política y pronto dominan gran parte de la región. Sissoko centra su mirada en Timbuktú, una ciudad que ha sido el corazón económico y cultural del Sahel durante siglos y que, desgraciadamente se convierte en campo de batalla en 2012 tras ser tomada por fuerzas yihadistas.

Pero las reflexiones geopolíticas de Sissoko se tornaron pocos años después en gritos de auxilio cuando las tensiones étnicas y el crecimiento del yihadismo global hicieron estallar varios conflictos bélicos en el Sahel.

Su película “Timbuktú” (2014), concebida con urgencia antes de que estallara la guerra cuando Sissoko conoció la noticia del secuestro y lapidación de una joven pareja en el norte de Mali, tuvo que ser finalmente rodada en Mauritania por la escalada de las hostilidades. Su intención era realizar un documental, pero la situación le obligó a decantarse por la ficción ya que consideraba que las personas involucradas no podrían hablar con libertad y el proyecto acabaría convirtiéndose en propaganda para las fuerzas yihadistas. Sissako es muy consciente del cambio de paradigma en la narrativa audiovisual del yihadismo y la importancia que asignan ahora los yihadistas a su discurso “cinematográfico”. En una de las escenas más notables un emir de la organización graba un comunicado en vídeo de un joven yihadista francés; el patetismo del joven nervioso frente a la cámara sin tener muy clara su motivación para la yihad, se intensifica con las directrices que le da su superior como si de un cineasta consagrado se tratase.

La película también está llena de golpes simbólicos a las prohibiciones de los yihadistas. Un grupo de chicos y chicas jóvenes se reúnen en una casa para tocar instrumentos y cantar mientras los yihadistas recorren las calles de la ciudad intentando localizar el origen de la música. En otro momento, hombres armados confiscan un balón de fútbol a un grupo de niños y estos deciden jugar igualmente el partido con un balón imaginario.

Sus películas reflejan la riqueza cultural y la sabiduría colectiva de un pueblo diverso enfrentado a las adversidades meteorológicas y geopolíticas de esta región.

Pero el discurso de “Timbuktú” dista mucho de la crítica simplista al yihadismo de las películas occidentales. Sissako es musulmán y siempre ha defendido la coexistencia de los pobladores del Sahel. Sus películas reflejan la riqueza cultural y la sabiduría colectiva de un pueblo diverso enfrentado a las adversidades meteorológicas y geopolíticas de esta región. Esta sabiduría está representada por el imam local de Timbuktú que intenta dialogar con los yihadistas armado con su conocimiento del islam y su cercanía con los habitantes de la región. Desgraciadamente sus argumentos son ignorados dando paso a una espiral de violencia que afectará a todos los personajes de la película y que la convertirá en la obra que más ha afectado emocionalmente al director. Desde Timbuktú en 2014 Sissako no ha vuelto a dirigir otra película.

Aunque aún falte mucho para que las voces de creadores y creadoras de regiones ignoradas y orientalizadas se oigan con fuerza en el cine, cineastas tan brillantes y comprometidos con sus raíces como Abderrahmane Sissako abren el camino y nos recuerdan la universalidad de este medio.

A pesar de la intensidad de sus historias, me alegra haber podido revisitar la obra de Sissako e iniciar el año 2021 disfrutando de una película esencial del cine mauritano y del Sahel como “Heremakono” en la Filmoteca de Catalunya en el marco del programa “Cinemes de la diàspora negra”. Aunque aún falte mucho para que las voces de creadores y creadoras de regiones ignoradas y orientalizadas se oigan con fuerza en el cine, cineastas tan brillantes y comprometidos con sus raíces como Abderrahmane Sissako abren el camino y nos recuerdan la universalidad de este medio. Los cines comerciales mientras tanto estrenan “The Mauritanian”, un drama legal estadounidense que utiliza la historia del mauritano Mohamedou Ould Salahi detenido sin cargos en Guantánamo para reflexionar sobre los valores americanos y hacer brillar a un elenco de actores blancos.

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