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El cine y las heridas de Argelia

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Alberto García Ballesteros [Gener 2021]

Cuenta Costa Gavras en su autobiografía “Va où il est impossible d’aller” que a finales de los sesenta, cuando no encontraba apoyo para rodar “Z” en Europa, el director de cine argelino Mohammed Lakhdar-Hamina le hizo llegar una copia del guión al entonces presidente de Argelia, Houari Boumédiène. Boumédiène, a pesar de la ironía de ser él mismo un militar al mando de un país como los militares griegos criticados en “Z”, empatizó con el espíritu revolucionario de la historia y no dudó en acoger la producción de la película.

La arquitectura y el aire mediterráneo de Argel fueron el decorado perfecto para recrear la ciudad de Tesalónica, pero la clave estuvo en el apoyo de un país en efervescencia comprometido con las luchas populares y anticoloniales. “Z” se convertiría en un clásico y una obra indispensable para el cine político y la lucha contra los regímenes autoritarios. Mohammed Lakhdar-Hamina pasaría a ser varios años después el primer director árabe en ganar la palma de oro en Cannes con su película sobre la revolución argelina “Chronique des années de braise” (Crónica de los años de fuego).

Decenas de directores argelinos y extranjeros produjeron películas comprometidas durante las dos décadas posteriores a la independencia de un país que buscaba posicionarse como líder de la lucha anticolonial y los Países No Alineados. “La batalla de Argel” de Gillo Pontecorvo, quizás una de las películas políticas más importantes de la historia, fue también fruto de esta época de coproducciones. En este caso no sólo se contaba la lucha de liberación argelina y se denunciaban las atrocidades cometidas por Francia, sino que entre los actores y productores había miembros del Frente de Liberación Nacional de Argelia, como el comandante Saadi Yacef, que se interpreta a sí mismo en la película. La industria cinematográfica del país pasó de producir películas exotizantes y racistas para el consumo de la “Métropole” francesa durante los años de colonización a videos rudimentarios de propaganda revolucionaria de los mujahideen. En los años sesenta y setenta, producía ya obras con mucho apoyo gubernamental de autores como Lakhdar-Hamina, Amar Laskri o Ahmed Rachedi, muy bien recibidas en los festivales más importantes del mundo y acogía las producciones de grandes directores como Visconti o los ya mencionados Gavras y Pontecorvo. Más importante aún es entender que no se trataba ya de producciones para consumo exclusivamente externo como antes. Entre los años sesenta y ochenta, el número de salas y espectadores en Argelia llegaron a récords históricos.

tras el fin de la guerra civil en 2002 un nuevo cine argelino ha comenzado a emerger tímidamente

Con el estancamiento económico y político de Argelia a mediados de los 80 y el caos de la década negra de los 90, la industria cinematográfica colapsó, llegando a desaparecer entre 1997 y 2002, años en los que no se produjo ni una sola película en todo el país. De las 400 salas de cine existentes en Argelia a principios de los ochenta, sólo 10 seguían activas en 2004, y el número de espectadores anuales pasó de 40 millones a finales de los setenta a 50000 en la década del 2000. Sin embargo, tras el fin de la guerra civil en 2002 un nuevo cine argelino ha comenzado a emerger tímidamente.

Se trata de un cine de autores muy ligados a Francia, ya sea porque son argelinos nacidos en Francia, porque han estudiado ahí o porque cuentan con una producción mayoritariamente francesa. Estos cineastas tratan gran variedad de aspectos de la sociedad argelina de una forma cada vez más íntima, distanciándose de la épica emancipadora, socialista y anticolonial del cine argelino de los 60 y 70. Sin embargo, en su mayoría, el nuevo cine argelino mira al pasado, algunas películas rememoran los años de la lucha anticolonial y un gran número de ellas se enfrentan a la mencionada década negra de Argelia. Desde 1991 hasta 2002, el país se vió sumido en el enfrentamiento armado entre organizaciones islamistas radicales y las fuerzas gubernamentales, dejando a su paso miles de víctimas civiles.

Este año dos películas argelinas, particularmente interesantes sobre la década negra, llegaron a los cines de España, “Abou Leyla” y “Papicha”. Esta última ya triunfó el año pasado en la Seminci de Valladolid, los premios César y en Cannes, siendo seleccionada para representar a Argelia en los Oscar. “Papicha” es el primer largometraje de ficción de Mounia Meddour y narra la historia de una joven universitaria que desafía la creciente presión sobre las mujeres por parte de los movimientos islamistas organizando un desfile de moda junto a sus compañeras en su residencia de estudiantes.

La directora, hija de intelectuales argelinos, al igual que la actriz protagonista, se trasladó con sus padres a Francia en los noventa huyendo de la violencia sectaria que azotaba al país y que tenía como objetivo, en muchos casos, a figuras opuestas al integrismo. En un relato que destaca la importancia de las redes de apoyo entre mujeres para afrontar la violencia machista, Mounia nos adentra en el miedo y la presión constante que viven las mujeres argelinas en la calle, los medios, las instituciones y en su entorno familiar. Mounia refleja la violencia machista a través de micro agresiones diarias sufridas por las protagonistas y el constante control social de sus cuerpos y no duda en llegar a momentos de violencia extrema que casi nos acercan al cine de terror de su marido y productor Xavier Gens.

Este año dos películas argelinas, particularmente interesantes sobre la década negra, llegaron a los cines de España, “Abou Leyla” y “Papicha”.

Mounia se suma al creciente número de cineastas argelinas que en las últimas décadas han ido reivindicando un espacio en la creación de la narrativa nacional que les había sido negado a pesar de haber sido las mujeres parte fundamental de la lucha por la independencia. Ya en los sesenta, la película egipcia “Jamila, la argelina” de Youssef Chahine sobre la famosa militante del FLN Djamila Bouhired fue prohibida en la propia Argelia, algo que ha sido considerado un claro intento de invisibilizar la importancia del rol de las mujeres en la liberación de un país cuyos dirigentes “revolucionarios” seguían siendo en su gran mayoría hombres. No fue hasta 2004 con “Rachida” de Yamina Bachir cuando una mujer argelina dirigiría una película de proyección internacional.

Mounia y todo el equipo de “Papicha” dejan clara su intención de desafiar al sistema machista que se impone ya sea en la familia o instituciones, y, a pesar de tratar sobre la década negra, la película y sus ansias de libertad influyó enormemente en la llamada “revolución de las sonrisas” de 2019, un movimiento popular con una fuerte presencia femenina contra el autoritarismo del gobierno del FLN.

Desde otra perspectiva, “Abou Leyla” de Abou Sidi-Boumedine, opta por una mirada más masculina al conflicto argelino, pero sin duda nos sumerge en una narración mucho más original que “Papicha” en todos los sentidos. En “Abou Leila” dos amigos de infancia se embarcan en un viaje al sur de Argelia, siguiendo la pista de un legendario terrorista de nombre homónimo. Uno de ellos, S. sufre las secuelas psicológicas de un fatídico ataque terrorista que presenció estando de servicio y se ha obsesionado con la supuesta existencia de “Abou Leila”. El otro personaje, Lofti, consciente del frágil estado mental de su amigo, decide acompañarle y cuidarle a lo largo de este quijotesco plan.

El cine argelino actual ya no construye una sola identidad nacional sino que plantea y se manifiesta en muchas identidades.

Al director no le interesa contar los acontecimientos políticos y sociales ocurridos durante la década negra, de hecho el sur del país quedó relativamente al margen de todo ello. Sin embargo, Abou Sidi-Boumedine nos propone una road movie onírica y aterradora que habla de las heridas que ha provocado la guerra en la sociedad argelina. También retrata el abismo existente entre las realidades que viven el norte y el sur del país. Películas como ésta evidencian una nueva generación de cineastas con ideas muy claras y muchos interrogantes sobre lo que significa ser argelino.

Sesenta años después de obtener su independencia, la identidad argelina ha evolucionado y se ha fragmentado. El FLN, tras años de nepotismo y corrupción, ya no goza del prestigio internacional y el respaldo popular que tenía en en aquella época. La fuerza de la narrativa de la unidad nacional frente al imperialismo que eclipsó anteriormente otros aspectos esenciales de la identidad argelina, como la diversidad étnica y lingüística, la religión, la diáspora o el rol de la mujer, ya no es suficiente.

El cine argelino actual ya no construye una sola identidad nacional sino que plantea y se manifiesta en muchas identidades. Probablemente en los próximos años cada vez más hombres y mujeres de Argelia compartan sus historias y sus idea de lo que es Argelia, desde dentro o desde la diáspora, desde el desierto o desde la costa, desde la fé o la laicidad y las contarán en árabe, en francés, en inglés y en todas las variantes de la lengua bereber.

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