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El país que no ven los mapas

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Alberto García Ballesteros [Gener 2020]

En el pasado Festival de Cannes, la mayor parte de las películas seleccionadas pasaron relativamente desapercibidas en comparación con años anteriores. Sin embargo, una de las películas en competición causó revuelo: “Si le vent tombe” (“Si el viento cae”). Las protestas no vinieron de los críticos ni de los espectadores, la película ni siquiera llamó especialmente la atención de los medios. La causa fue que esta pequeña película franco-armenia de la primeriza Nora Martirosyan, había sido rodada en Nagorno Karabaj, un enclave disputado entre la población armenia que reside en esas tierras y Azerbaiyán, que lo reclama cómo parte de su territorio. Varias organizaciones azeríes se pusieron en contacto con la embajada francesa en Bakú y con la organización de Cannes para pedir la retirada de la película, por haber sido rodada, según ellos, de forma ilegal en territorio azerí.

La película narra el viaje de un auditor francés a Nagorno Karabaj -una República que no figura oficialmente en ningún mapa- para valorar las condiciones de un viejo aeropuerto que esta República rebelde quiere reabrir. En su camino se cruzan diferentes personajes a través de los cuales irá conociendo de cerca a este pueblo y su labor se tornará más personal a medida que entiende la importancia de este aeropuerto.

En el pasado Festival de Cannes, la mayor parte de las películas seleccionadas pasaron relativamente desapercibidas en comparación con años anteriores. Sin embargo, una de las películas en competición causó revuelo: “Si le vent tombe” (“Si el viento cae”)

“Si el viento cae” se ayuda de un personaje extranjero principal para intentar explicar la situación de esta región y utiliza interpretaciones de habitantes reales de Nagorno Karabaj para diluir la línea entre la realidad y la ficción evocando a su vez una sensación de cercanía y respeto hacia ellos.

Al igual que en la propia película, donde el protagonista es incapaz de acercar la realidad tan compleja y surrealista que vive esta pequeña República a los parámetros de la legislación aeroportuaria internacional, los organizadores de Cannes y los diplomáticos franceses no supieron tampoco qué respuesta dar a las protestas y la película se mantuvo en el Festival.

Desde la caída de la URSS, Armenia y Azerbaiyán han llevado muchas veces a la gran pantalla las heridas del conflicto en torno a Nagorno Karabaj. Ya en 1993, la película azerí “Feryad” retrataba de forma libre la guerra de ese año entre azeríes y armenios y la masacre de civiles azeríes cometida por fuerzas armenias en Khojali. A lo largo de los años, otras adaptaciones cinematográficas de uno y otro lado llevarían historias cargadas de nacionalismo al cine como la película armenia “Life and Fight” (2016) o las azeríes “Dolu” (2012) y “Yarimçiq xatireler” (2015), todas ellas dramas bélicos muy anclados en una visión masculina de la guerra, el patriotismo y el victimismo.

A diferencia de otras películas, “Si el viento cae” no se centra en la guerra de 1993 sino que mira al futuro y celebra la peculiaridad de sus personajes y sus vidas. 
A pesar del tono acogedor de la narración, la tensión y la volatilidad de la región se reflejan en cada encuentro con nuevos personajes. En la película tanto como en la vida real, los habitantes de esta región viven a la espera de que en cualquier momento sus vidas den un giro. Desafortunadamente, el conflicto no se hizo esperar y 2020 ha sido testigo de la peor guerra del Cáucaso desde el conflicto checheno.

A diferencia de otras películas, “Si el viento cae” no se centra en la guerra de 1993 sino que mira al futuro y celebra la peculiaridad de sus personajes y sus vidas.

A finales de septiembre del presente año, una serie de imágenes inquietantes comenzaron a circular por las redes. Decenas de mercenarios sirios con rostros sonrientes, eran transportados a su nuevo frente: el enclave armenio de Nagorno Karabakh. Provenían de las zonas de Siria ocupadas por el ejército turco y milicias yijadistas, pero no se trataba de su primer destino fuera de Siria, ya se habían sumado a las filas del gobierno aliado de Turquía en Libia.

Poco más de un mes después del inicio de las hostilidades, el 10 de noviembre, el gobierno de Armenia y el de Nagorno Karabaj se ven forzados a firmar un alto al fuego in extremis con el gobierno de Azerbaiyán. Este último, con un ejército notablemente más fuerte y contando con el apoyo de Turquía, acababa de tomar Shushi, la segunda ciudad más importante de la pequeña república rebelde, a pocos kilómetros de Stepanakert, su capital.

Con este acuerdo auspiciado por Rusia, Azerbaiyán ocupa una gran parte de Nagorno Karabaj y la región de Artsaj que la une a Armenia, forzando el desplazamiento de miles de armenios. La urgencia plasmada a lo largo del film de Nora Martirosyan actúa cómo premonición de este fatal desenlace. La esperanza depositada en una posible apertura internacional de Nagorno Karabaj simbolizada en ese pequeño aeropuerto queda aún más lejos. Mientras Turquía apostó por Azerbaiyán desde el inicio, Rusia, el país garante de la seguridad de Armenia, estuvo al margen a modo de castigo al actual gobierno prooccidental armenio, forzando el despliegue de tropas rusas en la región para monitorizar los acuerdos y asegurar importantes acuerdos comerciales militares con ambos bandos. La comunidad armenia sale perdiendo tras este acuerdo, pero no son los azeríes los principales ganadores sino Rusia y Turquía que afianzan su control sobre el Cáucaso.

En este contexto, pequeñas obras de autor cómo “Si el viento cae”, fruto de casi diez años de trabajo, suponen un esfuerzo vital para mantener viva la voz de un pueblo como el de Nagorno Karabaj

En los últimos años, fruto de un ligero alejamiento de la esfera rusa, las co-producciones europeas como “Si el viento cae”, han formado parte esencial del panorama cultural de Armenia. A pesar del esplendor de la industria cinematográfica armenia y azerí bajo el régimen soviético, tras la caída de la URSS ambos países hicieron un esfuerzo por abrirse a diferentes regiones del mundo. Mientras Armenia se nutrió de su diáspora y sus vínculos occidentales, Azerbaiyán profundizó en sus raíces túrquicas y chiítas. Turquía no sólo se ha posicionado como un “hermano mayor” a nivel político y militar, sino que ha acaparado el panorama cultural azerí. El “poder blando” de Turquía ha crecido exponencialmente en los últimos años, acompañando la política expansionista neo otomana de Tayyip Erdogan, de un gran volumen de producción audiovisual (en particular sus series de televisión) que ya no sólo triunfa en países túrquicos, sino en el mundo árabe, Europa del este e incluso Latinoamérica.

En este contexto, pequeñas obras de autor cómo “Si el viento cae”, fruto de casi diez años de trabajo, suponen un esfuerzo vital para mantener viva la voz de un pueblo como el de Nagorno Karabaj, asediado por el belicismo neotomano de Erdogan, la corrupción de la dinastía azerí de Aliyev y el imperialismo más cínico de Putin. La proyección internacional del pueblo armenio se debe a su huída del genocidio cometido por el Imperio Otomano hace un siglo. Hoy es más importante que nunca que les conozcamos a través de su cultura y sus obras, y no sólo sus tragedias.

 

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