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El cine contemporáneo iraní frente a un régimen que se tambalea

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Alberto García Ballesteros [setembre de 2026]

Tras su triunfo en Cannes con su brillante “Un simple accidente” (2024), Jafar Panahi se une al club de Clouzot, Altman, Godard y Antonioni cómo ganador en los tres grandes festivales europeos (Cannes, Berlin, Venecia). Esta película, rodada sin permiso, supone el regreso a la ficción de uno de los referentes del cine iraní con una crítica devastadora del régimen de los Ayatolás. Aún así, durante su gran campaña a los Oscar en 2026 ha declarado constantemente que su intención es volver a Irán. El día de la entrega de los Goya de 2026 rechazó dar entrevistas; pocas horas antes Estados Unidos e Israel desataron de forma unilateral una guerra que cambiará la región para siempre y que ha puesto a los y las cineastas iraníes en una tesitura muy incómoda. La escuela del cine contemporáneo iraní se forjó durante la violenta guerra Irán-Iraq y el periodo de apertura política posterior. Ahora, el pueblo iraní se encuentra ante una falsa dicotomía; guerra o represión del régimen. El cine nuevamente nos presenta la complejidad de la cultura iraní y su tejido sociopolítico.

Ahora, el pueblo iraní se encuentra ante una falsa dicotomía; guerra o represión del régimen. El cine nuevamente nos presenta la complejidad de la cultura iraní y su tejido sociopolítico.

Grandes autores, cine poético y metacine

La primera década postrevolucionaria y de guerra fue clave para una de las figuras más influyentes y controvertidas del país; Mohsen Makhmalbaf, padre de Hana y Samira. Encarcelado por el Shah a los 17 años, Makhamalbaf fue liberado tras cinco años al inicio de la revolución. En los primeros años del régimen dirigió películas afines a la mirada revolucionaria, convirtiéndose en uno de los cineastas más populares de la industria, pero poco a poco se fue desilusionando y volviéndose más crítico hasta su exilio en 2005. Su mirada ha estado vinculada en gran parte a la crítica social y su interés por las diferentes culturas de la región y la diversidad del país. En su trilogía poética; “Gabbeh” (1996), “El silencio” (1998), “El jardinero” (2012), retrata a la etnia Qashqai, la cultura Tajik y la fé baha’i. Su interés por los refugiados afganos en Irán y la vida bajo el yugo Talibán ha permeado su obra (“El ciclista” (1989), “Kandahar” (2001)…) y la obra de sus hijas, llegando a mudarse a Afganistán unos años. Es tal la relevancia de Mohsen Makhmalbaf en Irán que su fama fue el origen de la que es probablemente una de las obras más importantes del cine iraní; Close-up (1992). En 1989, Abbas Kiarostami descubre el caso real de un hombre acusado de engañar a una familia haciéndose pasar por Mohsen Makhmalbaf y decide intervenir para grabar el juicio y rodar una de las piezas de metacine documental más sinceras y creativas de la historia.

Esta curiosidad por romper convenciones cinematográficas y explorar el significado de lo audiovisual es también una característica muy propia del nuevo cine iraní. Tras “¿Dónde está la casa de mi amigo” (1987) Kiraostami culminó la llamada trilogía Koker (el nombre del pueblo en el que se rodaron) con dos películas fascinantes que dialogan entre ellas y desdibujan la frontera entre la ficción, lo autobiográfico y el documental. En “La vida continúa” (1992) un director de cine (obviamente inspirado en él) regresa al pueblo en el que rodó su primera película tras el desolador terremoto que arrasó parte del norte de Irán en 1990 en busca de los dos protagonistas. A su vez, “A través de los olivos” (1994) transcurre durante el rodaje de una película que bien podría ser “La vida continúa” (1992). Las reflexiones existenciales mezclan un tono poético y ligeramente cómico con el ritmo pausado de la vida rural. El propio Kiarostami sin embargo comentó que su película más celebrada; “El sabor de la cereza” (Palma de oro en Cannes en 1997) encaja mejor cómo cierre de esta trilogía.

Esta curiosidad por romper convenciones cinematográficas y explorar el significado de lo audiovisual es también una característica muy propia del nuevo cine iraní.

En los noventa Makhmalbaf, con un estilo más ecléctico y desigual, también se lanzó a explorar el séptimo arte con la comedia fantástica “Nasser-al-Din Shah, actor de cine” (1992) en la que reimaginó los inicios del cine en Irán. Clarentemente intrigado por su experiencia en “Close-up” (1992) Makhmalbaf realizó varias películas en las que jugó con la ficción; cómo “El artista” (1993) una comedia sobre un actor real que se interpreta a sí mismo o “Salaam Cinema” (1995) un documental para celebrar el centenario de la primera proyección cinematográfica en el que a través de un falso casting al que acudieron miles de actores explora el vínculo que tenemos con el cine.

Pero es quizás Panahi, que empezó cómo asistente de dirección de Kiarostami en “A través de los olivos” (1994) quien ha sabido jugar con los límites del cine y del régimen de la forma más efectiva. Su primer largometraje “El globo blanco” (1995), apadrinado por Kiarostami, nos sitúa en la infancia; una niña que, en vísperas del Nowruz (año nuevo persa), se embarca en la misión de comprar un pez dorado. Heredero directo de la mirada de Kiarostami, Panahi va adoptando con los años una postura más política y más crítica, algo que queda plasmado en el “El círculo” (2000); una película coral sobre la violencia cotidiana a la que se enfrentan las mujeres bajo el régimen teocrático. A pesar de su éxito internacional (León de oro en Venecia) fue prohibida en Irán, pero según el propio Panahi también animó a otros cineastas a forzar los límites de la censura.

Exilio i diáspora

El régimen retomó una línea más agresiva a mediados de los 2000 azuzado por la retórica del “eje del mal” de Bush y la invasión de Iraq. La crisis económica mundial y las elecciones fraudulentas que le otorgaron la victoria al extremista Ahmadineyad despertaron en 2009 un movimiento de protesta masivo apodado “El movimiento verde” (germen de todas las protestas populares siguientes). La represión fue muy severa y muchos intelectuales, entre los que se encontraba el propio Panahi, fueron encarcelados.

La crisis económica mundial y las elecciones fraudulentas que le otorgaron la victoria al extremista Ahmadineyad despertaron en 2009 un movimiento de protesta masivo apodado “El movimiento verde” (germen de todas las protestas populares siguientes).

Panahi fue liberado tras la presión internacional pero se le prohibió rodar durante 20 años. Es en ese momento que, con el ingenio propio de quienes saben esquivar la censura estricta de un régimen teocrático, Panahi entró en una etapa cinematográfica sorprendentemente fecunda a pesar de las prohibiciones, la intimidación y el arresto domiciliario. Empezando por la convenientemente titulada “Esto no es una película” (2011), el director jugó con el documental autobiográfico y la ficción burlando la censura y declarando su amor al cine. Durante la siguiente década todas sus películas se rodaron sin permiso y en forma de documentales autobiográficos atravesados de elementos de ficción que toman el pulso de la sociedad que le rodea y reflexionan sobre la libertad de expresión y el arte, siempre con elocuencia y humor. La más aclamada de esta época fue “Taxi Teherán” (2015), con la que ganó el Oso de oro en Berlín, y en la que el propio Panahi ejerce de conductor de taxi y conversa con pasajeros variopintos de la ciudad.

Otro “pupilo” de Kiarostami (fue su asistente de dirección en “El viento nos llevará” (1999)); el director kurdo Bahman Ghobadi ha sido el mayor referente de la diversidad etnico-cultural presente en el estado iraní. Su retrato transnacional de Kurdistán atravesado por fronteras ha sido clave en la construcción del lenguaje cinematográfico contemporáneo del cine kurdo. Ha sabido combinar la crudeza de la pobreza extrema y las condiciones geográficas complejas a las que se enfrentan sus personajes con su inmensa calidad humana, el misticismo y la poesía de su lengua, sus costumbres y su música. Sus historias trágicas más famosas también sitúan a niños cómo protagonistas. En “Time for drunken horses” (2000) nos lleva a la cordillera de Zagros que cruza Kurdistán de la mano de niños “kolbar” (portadores kurdos de mercancía de contrabando en la montaña) y pocos años después, en “Las tortugas también vuelan” (2003), decide retratar la incertidumbre de niños kurdos refugiados cerca de la frontera entre Iraq y Turquía antes de la invasión estadounidense.

Pero su cine también ha ayudado a entender la efervescencia cultural, la valentía y la rebeldía del pueblo iraní cómo en “Nadie sabe nada de gatos persas” (2009), un documental sobre el rock underground de Teherán que acompañó las protestas de 2009. Tras su exilio ese mismo año, dirigió “Rhino Season” basada en la historia real de un poeta kurdo. Rodada en Turquía, la película narra una historia en la que la sordidez de las cárceles del régimen se mezcla con poesía y una actuación sorprendente en farsi de Mónica Bellucci. En 2021 propuso a la academia de cine de Estados Unidos la inclusión de una representación de cineastas en el exilio que les permita presentar sus obras utilizando cómo ejemplo el equipo de refugiados que compite en las Olimpiadas. Esto cobra más relevancia si tenemos en cuenta que sólo en el último año, Francia presentó a los Óscar “Un simple accidente” (2025) de Panahi, Alemania presentó “La semilla de la higuera sagrada” (2025) y Canadá presentó “The things you kill” (2025) de otro director disidente Ali Reza Khatami.

Esto nos lleva a extender lo que entendemos cómo cine iraní a varias generaciones de artistas iraníes que han nacido o se han formado en la diáspora; su lenguaje puede estar vinculado al país en el que residen, pero hay constantemente una búsqueda de identidad y una mirada hacia la historia y las vivencias del pueblo iraní. Entre estos cineastas encontramos muchas miradas sorprendentes y frescas, ya que combinan un mosaico de culturas y relatos fascinantes. El ejemplo más importante es la historietista y cineasta franco-iraní Marjane Satrapi, autora del célebre cómic “Persépolis” (2000-2003) y directora de su adaptación animada en 2007 en la que narra la revolución islámica y el exilio.

Esto nos lleva a extender lo que entendemos cómo cine iraní a varias generaciones de artistas iraníes que han nacido o se han formado en la diáspora; su lenguaje puede estar vinculado al país en el que residen, pero hay constantemente una búsqueda de identidad y una mirada hacia la historia y las vivencias del pueblo iraní.

Actualmente uno de los directores más rompedores y el único capaz de plantarle cara a Donald Trump con su brillante y preciso biopic “El aprendiz” (2024), es Ali Abbasi. Este director danés iraní nos sorprendió con su brutal thriller “fincheriano” “La araña sagrada” (2022), basado en la historia real de un asesino en serie iraní que justificaba sus asesinatos de prostitutas con argumentos religiosos cercanos al discurso oficial de los ayatolás. El cine de género, quizás menos expandido al interior de Irán, ha despertado el interés de cineastas de la diáspora cómo el director británico-iraní Babak Anvari, para abordar el trauma colectivo de la sociedad iraní a través de una historia de fantasmas durante los bombardeos de la guerra Iran Iraq de los años 80 en “Under the shadow” (2016) (presentada a los Óscar por el Reino Unido en 2017). La inclasificable directora estadounidense de origen iraní Ana Lily Amirpour también optó por el cine de género y debutó su filmografía por todo lo alto con “Una chica vuelve sola a casa de noche” (2014); una reflexión sobre la identidad de la diáspora iraní en forma de western vampírico farsi.

Crecimiento de la industria y recrudecimiento de las protestas

En plena expansión de la presencia militar iraní en la región con el llamado “eje de la resistencia” liderado por el comandante de las fuerzas Quds, Qasem Soleimani, el espíritu bélico también permeó en la industria cinematográfica con el resurgimiento del “cine de la defensa sagrada”. Se estrenaron películas bélicas que celebran el patriotismo iraní, el antiimperialismo y el espíritu de la revolución islámica a lo largo de la historia. Ebrahim Hatamikia, el principal exponente de este género cinematográfico; dirigió en 2014 “Che” (2014) sobre la represión de la rebelión kurda durante los primeros años de la revolución islámica y la más exitosa “A la hora de Damasco” (2018) sobre pilotos iraníes que salvan a ciudadanos sirios de la amenaza del Estado Islámico, calificada de obra maestra por el propio Qasem Soleimani.

La virulencia de Ahmadineyad dió paso a un periodo de aparente apertura con la elección del presidente Hassan Rouhani (2013-2021), pero las protestas se multiplicaron y la represión no cesó. Aún así, conviene constatar que, aunque el acoso gubernamental contra cineastas, artistas y activistas aumentó, la industria cinematográfica siguió creciendo. La realidad interna cultural y artística de las últimas décadas dista mucho de lo que se presenta fuera. En los años anteriores a la guerra desatada por Israel en 2025, la taquilla nacional llegó a números históricos.

Aún así, conviene constatar que, aunque el acoso gubernamental contra cineastas, artistas y activistas aumentó, la industria cinematográfica siguió creciendo.

De hecho, es en estos años que el más reciente maestro del cine iraní, Asghar Farhadi, rodó sus grandes obras sin tener ningún encontronazo con el régimen. Fue incluso elegido para representar al país en los Óscar, convirtiéndose en el primer cineasta iraní en ganar un Óscar a Mejor película de habla no inglesa, y lo hizo por partida doble con “Una separación” (2011) y “El viajante” (2016). Otros cineastas cómo Rasoulof, le recriminaron públicamente su tibieza a la hora de tratar con el régimen. Aún así, el cine actoral tan extremadamente cuidado de Farhadi ha sabido reflejar a la sociedad iraní desde una cercanía, una intimidad y una humanidad universal que ha enamorado a espectadores del mundo entero. Aunque no se posicione con la misma fuerza que otros cineastas, sus dramas son críticos con muchos elementos de la sociedad iraní y la burocracia de su gobierno. En 2017 no asistió a la ceremonia de los Óscar en protesta por las prohibiciones racistas establecidas por el primer mandato de Trump contra ciudadanos procedentes de países musulmanes. Y en 2024 anunció que no rodaría en Irán hasta que no se derogue la obligación de las actrices de llevar hijab en pantalla. Su última película “Historias paralelas” (2025) se estrenará en Cannes este año 2026.

En esta época también creció la producción de películas de grandes presupuestos; thrillers, cine épico y comedias. Por ejemplo, en 2015 el director Majid Majidi estrenó “Muhammad” (2015), la superproducción épica más costosa de la historia del país sobre la infancia de Mahoma. Con fotografía a cargo de Vittorio Storaro (“Apocalypse Now”, “El último emperador”…) y banda sonora de A. R. Rahman (compositor de cientos de bandas sonoras de Bollywood y de películas cómo “Slumdog Millionaire”). El mismo Majidi, cercano al régimen ha tenido más márgen de maniobra a la hora de reflejar la pobreza infantil en el país; así lo hizo en la primera película iraní nominada a un Óscar; “Los niños del cielo” (1998) y en su más reciente “Hijos del sol” (2020).

Si bien, la mayor parte de los éxitos de taquilla son comedias frívolas, algunos éxitos de taquilla de este género cómo “Zoodpaz” (2024, “La olla a presión”) han abordado temas serios cómo la guerra Irán-Iraq. El público ha apoyado masivamente thrillers sociopolíticos cómo “La Ley de Teherán” (2019) del brillante Saeed Roustayi, que nos adentran en el submundo de la droga que devora a una gran parte de la población de las grandes ciudades. Roustayi, por desgracia sufrió persecución judicial del régimen con su siguiente película, el épico drama “viscontiano” “La Familia de Leila” (2022) tras no aceptar los cambios exigidos por el Ministerio de Cultura.

Otros formatos audiovisuales cómo la animación y particularmente los videojuegos se han fortalecido bastante.

Curiosamente durante las últimas décadas también se han rodado películas en Irán sobre el tema de la transexualidad, algo que suele pasar desapercibido. La postura paradójica de un régimen que llega a penar la homosexualidad con la muerte pero que permite y financia reasignaciones de sexo es difícil de entender. Se debe a una fatwa de 1987 del propio Ayatollah Khomeini que aborda la transexualidad con una connotación patológica y considera la reasignación de género cómo una forma de resolverlo. Se han rodado documentales cómo “Be like others” (2008) de Tanaz Eshaghian y “This is not me” (2022) de Saeed Gholipour sobre la vida y el proceso médico de personas transgénero en Irán. El drama “Facing Mirrors” (2011) de Nagar Azarbayjani narra la relación de amistad entre una chica religiosa y una persona transgénero.

Otros formatos audiovisuales cómo la animación y particularmente los videojuegos se han fortalecido bastante. Festivales cómo “Cinéma Verité Film Festival” en Teherán centrados en cine documental y experimental demuestran también un interés por seguir explorando diferentes lenguajes.

Más allá de las injusticias sociales y del régimen, el cine iraní también hace una reflexión crítica sobre la propia identidad iraní. La película “The land of brothers” (2024) codirigida por Raha Amirzfali y Alireza Ghasemi nos plantea diferentes historias de trabajadores afganos sobre las divisiones de clase, la xenofobia y la violencia sistémica. En este caso por ejemplo, nos encontramos ante un cine iraní que mira a Asia; no sólo por la nacionalidad de sus protagonistas sino por la clara inspiración de los magistrales thrillers coreanos sobre clases y capitalismo (“Parásitos” (2019), “No other choice” (2025)…).

Las mujeres cineastas son cada vez más relevantes entre las nuevas voces del cine iraní. Ida Panahandeh con películas cómo “Nahid” (2015) o “Titi” (2020) relata desde lo cotidiano, muy en la línea de Asghar Farhadi, la resiliencia y las dinámicas sentimentales y familiares de las mujeres iraníes. La directora de animación Shirin Sohani ganó el primer Óscar de animación de Irán en 2025 con su emocionante cortometraje sobre el estrés post traumático “Bajo la sombra del ciprés” (2025) codirigido con Hossein Molayemi. Otro tándem prolífico, el de la directora y actriz Maryam Moghaddam y el director Behtash Sanaeeha en su última ficción “osaron” acercarnos a la vida íntima y sentimental de una mujer de 70 años (algo que tampoco solemos ver fuera de Irán), y retrataron sin miedo la cotidianeidad del hogar (sin velo) de la mayoría de mujeres iraníes. Esto les valió un proceso judicial y la confiscación de sus pasaportes.

Las mujeres cineastas son cada vez más relevantes entre las nuevas voces del cine iraní. Pero el principal blanco de ataques de la sociedad patriarcal, del régimen teocrático y radicales religiosos, han sido el pilar del cine iraní, sus actrices.

Pero el principal blanco de ataques de la sociedad patriarcal, del régimen teocrático y radicales religiosos, han sido el pilar del cine iraní, sus actrices. La figura legendaria de la persa Sherezade refleja una sociedad en la que las mujeres han sido siempre contadoras de historias. La mujer del poeta Ferdousí, educada en poesía y música, podría considerarse la primera naqqali en recitar “Shahname” (“El libro de los reyes”), la gran epopeya de la historia y mitología persa que revivió la lengua tras la invasión árabo-musulmana. Con el nacimiento de los movimientos feministas en Persia en el siglo XIX, las mujeres vieron en él una forma de reunión y un espacio para desafiar las normas patriarcales. No es de extrañar que la primera película sonora (talkie) iraní, “Lor Girl” (1934) fuera protagonizada por una mujer; Roohangiz Sami-Nejad (aunque lamentablemente dejó de actuar poco después debido a la presión y el acoso social).

En la actualidad, el talento de las actrices iraníes es mayor que nunca, triunfando a nivel nacional e internacional. Pero su situación personal y profesional es muy complicada. Las mujeres iraníes lidera las protestas por el cambio en el país desde hace años, y muchas actrices se encuentran en el punto de mira. Golshifteh Farahani, el rostro más universal de Irán, famosa por trabajar con Kiarostami, Ghobadi, Panahi, y directores extranjeros como Oliver Stone o Jim Jarmusch, vive exiliada en Francia, al igual que Zar Amir Ebrahimi (ganadora en Cannes por su papel en “La araña sagrada” (2022)) que tuvo que huir tras ser la víctima de un chantaje sexual. Taraneh Alidoosti, actriz protagonista del cine de Asghar Farhadi, incluyendo la ganadora del Óscar “El viajante” (2016), fue detenida en 2022 por apoyar las protestas “Mujer, vida y libertad” que se originaron tras el asesinato de la chica kurda Jina Amini.

Abbas Kiarostami, padrino del cine iraní contemporáneo, entendió perfectamente la importancia de las actrices iraníes y en sus últimos años decidió dedicar un largometraje entero a celebrarlas.

Abbas Kiarostami, padrino del cine iraní contemporáneo, entendió perfectamente la importancia de las actrices iraníes y en sus últimos años decidió dedicar un largometraje entero a celebrarlas. En “Shirin” (2008), Kiarostami nos invita a una sala de cine para contemplar a más de cien actrices iraníes a través de planos cortos de sus rostros mientras ven una adaptación cinematográfica (que no ve el espectador) del poema épico persa “Koshrow y Shirin” escrito por Nezamí Ganyaví en el siglo XII. “Shirin” (2008) consiguió que volvieran a la gran pantalla muchas de las divas que nos arrebató la revolución islámica y, entre lágrimas, comparten la emoción que genera esta mítica tragedia persa con nuevas generaciones que siguen luchando por su sitio en la sociedad.

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