Alberto García Ballesteros [agost de 2026]
Ante la anunciada regularización de medio millón de personas por parte del gobierno español, la derecha repite con fuerza las consignas de la teoría del “gran reemplazo”. Esta teoría nacida en Francia y popularizada por el libro homónimo del autor Renaud Camus en 2012 describe una supuesta conspiración que consistiría en reemplazar a la población “autóctona” blanca europea por inmigrantes principalmente africanos y de oriente medio. Difundida inicialmente en ámbitos de extrema derecha, esta teoría ha alcanzado una aceptación insólita a nivel global amparada por el “trumpismo” y la “alt right” americana.
Pero la xenofobia y el racismo no son un fenómeno propio del norte global, ni mucho menos. Las rutas migratorias han generado tensión en países de paso, y la ruta mediterránea hacia Europa ha visto un aumento de la violencia y el odio hacia la población subsahariana en el Magreb. La ruta mediterránea a través de Túnez ha sido una de las más transitadas en las últimas décadas y a la escisión socioeconómica existente entre el norte y el sur del país se ha ido sumando un creciente rechazo a la población subsahariana. Ahora el país ha vuelto a sumirse en la precariedad y el autoritarismo bajo la figura enigmática de Kais Saied, quien respaldado por las políticas fronterizas de la Unión Europea y el gobierno italiano de Meloni, ha importado el discurso del “gran reemplazo” a su país.
“Existe un plan criminal para cambiar la composición del paisaje demográfico en Túnez, y algunos individuos han recibido grandes sumas de dinero para dar la residencia a migrantes subsaharianos” declaraba Kais Saied hace un par de años desde el palacio presidencial del que casi no sale, dando pie a una “caza” de inmigrantes subsaharianos escalofriante por todo el país.
Pero la xenofobia y el racismo no son un fenómeno propio del norte global, ni mucho menos. Las rutas migratorias han generado tensión en países de paso, y la ruta mediterránea hacia Europa ha visto un aumento de la violencia y el odio hacia la población subsahariana en el Magreb.
El rechazo a la población negra no es reciente. La historia de la esclavitud subsahariana en Oriente Medio y el norte de África es aún más antigua que la europea. En países cómo Arabia Saudí, Yemen y Omán no se abolió hasta los años 60, y en otros cómo Mauritania no se penalizó hasta hace 20 años. Actualmente en el Líbano, Jordania y los países del Golfo (a excepción de Iraq), existe un sistema legal de esclavitud llamado “kafala” reservado a trabajadores y trabajadoras inmigrantes. Se trata de un sistema en el que el empleador es el garante de sus trabajadores, ofreciendo generalmente viaje y alojamiento, pero también ejerciendo una autoridad desmesurada sobre ellos. Aunque estos países se han visto forzados a eliminar este sistema, los cambios siguen siendo insuficientes y decenas de miles de personas del sudeste asiático y África viven y trabajan sin ningún tipo de protección. La guerra en Libia también supuso un aumento en la violencia racial contra la población negra autóctona e inmigrante. Fueron acusados de trabajar cómo mercenarios para Gadafi, desplazados, asesinados o vendidos en redes esclavistas modernas. La representación mediática de la población negra en el norte de África también ha contribuido enormemente a su marginación. De la misma manera que las personas magrebíes siguen reduciéndose a estereotipos negativos en muchos medios europeos; en el mundo árabe y el Magreb, la falta de representación mediática de las comunidades negras se acompaña de estereotipos y racismo.
El rechazo a la población negra no es reciente. La historia de la esclavitud subsahariana en Oriente Medio y el norte de África es aún más antigua que la europea. En países cómo Arabia Saudí, Yemen y Omán no se abolió hasta los años 60, y en otros cómo Mauritania no se penalizó hasta hace 20 años.
Egipto, la mayor industria cinematográfica del mundo árabe, imitó ciertas tendencias coloniales del cine occidental durante sus primeras décadas de vida. Los “jungle films” popularizados por la saga de “Tarzan” también triunfaron en el país de la mano de películas cómo “Wadi Al Nujum” (1943) y “Naduja” (1944) con tramas que giran en torno a mujeres egipcias que deben ser rescatadas de junglas salvajes y tribus negras. Esta afirmación racial y la dicotomía entre la civilización y lo salvaje respondía a una necesidad de reivindicar la soberanía egipcia (y ciertas ambiciones imperiales con respecto a Sudán) ya que, tras dos décadas de independencia Egipto volvía a ser ocupado por las fuerzas británicas durante la segunda guerra mundial.
Egipto, la mayor industria cinematográfica del mundo árabe, imitó ciertas tendencias coloniales del cine occidental
Dentro de las propias fronteras del país también hay un pueblo que lleva muchos años enfrentando discriminación y ridiculización en los medios; el pueblo Nubio. Aunque principalmente brillan por su ausencia, en los pócos momentos en los que aparecen personajes negros, se convierten en objeto de chiste. De hecho, uno de los actores más importantes de la historia del cine egipcio, Ahmed Zaki (que no es nubio) tuvo dificultades en sus inicios por tener una tez más oscura que el canon de la industria. Las comedias les han representado cómo sirvientes y personas poco educadas, haciendo énfasis en su acento a la hora de hablar el árabe y burlándose de su lengua (Nobiin). El propio Ahmed Zaki protagonizó “El Beih El Bawwab” (1987) un clásico en el que se refuerzan estos mismos estereotipos de trabajadores serviles y con dicción graciosa. No es de extrañar que en el resto del mundo árabe y el Magreb sea común ver chistes racistas en series de televisión y hasta blackface.
Aún así hay grandes referentes del cine del Magreb cuya obra ha hecho énfasis en la negritud y que se han esforzado por construir un discurso panafricanista. Las figuras más relevantes son el director y actor franco-mauritano Med Hondo, y el director mauritano-maliense Abdherramane Sissako. El cine de Med Hondo se ha caracterizado por su militancia anticolonial, su mirada de clase y su solidaridad internacional. Desde su debut con “Soleil Ô” (1967) sobre las vivencias de un inmigrante africano en Paris, Med Hondo marcó un estilo provocador y performático en el que desafiaba y ridiculizaba las estructuras de dominación colonial. Su fervor creativo le impulsó a abordar el colonialismo desde muchos ángulos, llegando incluso a dirigir “West Indies” (1979) un ambicioso drama musical que transcurre en un barco de esclavos y que probablemente haya inspirado a Ryan Coogler en su última película “Sinners” (2025). Su última película, “Fátima, la argelina de Dakar” (2006), reflexiona precisamente sobre los lazos entre el Magreb y África.
Aún así hay grandes referentes del cine del Magreb cuya obra ha hecho énfasis en la negritud y que se han esforzado por construir un discurso panafricanista.
“Heremakono” (2002) y “Tumbuktu” (2014), Abdherramane Sissako nos muestra una región liminal dónde se cruzan culturas, viajantes y mercancías. En la primera, con una mirada contemplativa nos sitúa en la cotidianidad de un pueblo costero dónde regresan habitantes locales y parten migrantes subsaharianos ajenos al tránsito de grandes embarcaciones mercantiles. En “Tumbuktu” (2014) la violencia cobra protagonismo a través de yihadistas que fuerzan el enfrentamiento entre el islam y la cultura bambara. Estos cineastas beben de una época de fervor cultural panafricano que se vivió en la región entre los 50 y 70 de la mano de Marruecos, Túnez y sobre todo Argelia durante sus primeros años de independencia. El espíritu de la revolución argelina creó un espacio de encuentro entre movimientos de liberación de todo el mundo. Artistas y militantes africanos y afrodescendientesfueron recibidos con brazos abiertos en el país.
El mayor ejemplo de esta nueva política argelina fue el gran Festival Panafricano de Argel organizado en 1969 e inmortalizado en el documental del mismo nombre de William Klein. Allí se reunieron líderes de movimientos de independencia cómo Amilcar Cabral (Guinea Bissau) o Agostinho Neto (Angola), y artistas de primer nivel cómo Nina Simone o Miriam Makeba. La directora pionera de la negritud y el panafricanismo Sarah Maldoror trabajó mucho en Argelia (fue asistente en “La Batalla de Argel” (1966) de Gillo Pontecorvo) y allí rodó su primera obra “Monangambée” (1968) sobre el machismo y la violencia colonial en Angola. El primer festival de cine africano, el Festival de Cine de Cartago fue creado en Túnez en 1966 con el espíritu panafricanista del cineasta Tahar Cheriaa, y ha seguido siendo hasta nuestros días el principal referente del cine panafricano junto al Festival Panafricano de Cine y Televisión de Uagadugú (Burkina Faso).
En la actualidad nuevas voces de la región empiezan a mirar de frente al racismo y a repensar la identidad de la región a través del cine. En Egipto, jóvenes directores cómo Morad Mostafa se vuelcan con historias que exploran el racismo en su país. Tras dos cortometrajes sobre inmigrantes sudanesas, Morad Mostafa se adentra con el largometraje “Aisha no puede volar” (2025) en el submundo marginal del Cairo desde los ojos de una cuidadora somalí aprovechando la fortaleza de su primeriza actriz Buliana Simon, la crudeza de los espacios reales de la ciudad y un toque de realismo mágico.
En la actualidad nuevas voces de la región empiezan a mirar de frente al racismo y a repensar la identidad de la región a través del cine.
En Argelia y Marruecos tenemos historias que invitan a sus espectadores a una reflexión universal sobre la humanidad, la raza, la amistad y la violencia. En “Matares” (2020), el director Rachid Benhadj, recurre a la inocencia de la infancia para construir una amistad entre una niña cristiana de Costa de Marfil y un niño musulmán marroquí. Desde Marruecos, “Oliver Black” (2020) de Tawfik Baba opta por una relación más dura y compleja de supervivencia en el desierto entre un jóven subsahariano y un anciano marroquí. Otras películas cómo el drama argelino “Harragas” (2009) de Merzak Allouache nos llevan directamente a las costas mediterráneas dónde migrantes magrebíes y subsaharianos se embarcan juntos en un viaje que les puede costar la vida. Pero el sentido del humor propio del mundo árabe y mediterráneo también ha dado pie a tratar el tema con un tono de humor. En la película “La isla de Perejil” (2016) de Ahmed Boulane, en el marco del ridículo incidente diplomático entre el gobierno de Aznar y el régimen de Mohamed VI, se relata la relación entre un solitario soldado marroquí encargado de custodiar la susodicha isla y un migrante subsahariano que ha llegado con la marea.
Desde Túnez, el feudo de Kais Saied, pero también el país con cinematografía que más ha sorprendido en esta última década, salen varias miradas femeninas que abordan el racismo y la violencia machista. El documental “She had a dream” (2020) de Raja Amiri acompaña a Ghofrane una mujer negra activista de clase trabajadora que se presenta a las elecciones de 2019. La película refleja la energía y la sed de cambio que recorría el país, y el liderazgo tan particular que han tenido las mujeres desde la “primavera árabe”.
Unos años después, la directora Erige Sehiri plasmó la intimidad y la valentía de varias mujeres migrantes de Costa de Marfil en la ficción “Prometido el cielo” (2025). Sehiri es también fundadora junto a otras cineastas de la región del colectivo “Rawiyat-Sisters in Film” con el que defienden y promueven redes de apoyo para poder contar historias de mujeres de diferentes etnias y entornos socioeconómicos.
Queda por ver si realmente empezarán a emerger más cineastas de comunidades negras en la región y que estén también detrás de las cámaras. El nuevo cine sudanés puede ser una inspiración y un motor para futuros y futuras cineastas de estas comunidades. El documental “Talking about trees” (2019) de Suhaib Gasmelbari hacía un llamado a revitalizar el cine en el país a través de varios veteranos cineastas sudaneses que deciden reabrir un cine al aire libre a pesar de las prohibiciones del régimen. Y unos años después, “Goodbye Julia” (2023) de Mohamed Kordofani se convertiría en la primera película sudanesa en competir en Un certain regard de Cannes. Esta película trata específicamente sobre la desconexión y la desigualdad entre el norte y el sur del país, y el colorismo que genera una división violenta en el pueblo sudanés.
Queda por ver si realmente empezarán a emerger más cineastas de comunidades negras en la región y que estén también detrás de las cámaras. El nuevo cine sudanés puede ser una inspiración y un motor para futuros y futuras cineastas de estas comunidades.
Los discursos religiosos y raciales encuentran cada vez más cabida entre jóvenes y élites político económicas. Parece que el mundo se empeña en mirar hacia atrás lo justo para abrazar el integrismo y la militarización, pero no lo suficiente para recordar los vínculos culturales y de solidaridad que han existido entre el norte de África y el África subsahariana. Ahora convendría más que nunca que volvamos a ver la primera película restaurada por la fundación de Martin Scorsese (World Cinema Project); “El Hal” (“Trances”, 1981) de Ahmed el Maanouni. En este documental poético e hipnótico sobre la influyente banda Nass El Ghiwane se resalta la búsqueda de una identidad ancestral que supere los límites de la herencia colonial y dialogue con todas las culturas de la región. Gracias a uno de sus miembros más notables, Abdheramane Kirouche, los cánticos y los rituales de la cultura subsahariana Gnawa heredera de los esclavos negros han permeado en varias generaciones de artistas en Marruecos y el mundo entero.
Deixa un comentari