Nazanin Armanian. Público [20/02/18]
“La OTAN tiene la responsabilidad y la oportunidad de ser una protectora líder de los derechos de las mujeres” afirma Angelina Jolie, convertida en la imagen de la Alianza Atlántica para sus nuevas agresiones militares, para “prevenir y responder a la violencia sexual en un conflicto“. Ésta coalición militar de 29 estados ya descargó en 2001 toneladas de bombas sobre las gentes más pobres de Afganistán para “salvarlas” de los viejos aliados de EEUU, los ineptos “yihadistas”. Desde entonces, miles de mujeres han sido abusadas y violadas por los soldados de la ocupación y los “yihadistas” que aun siguen controlando la mitad del país.
En 2011, el fiscal de la Corte Penal Internacional lanzaba la falsa noticia de que los soldados libios recibieron Viagra para fomentar crímenes sexuales. Amnistía Internacional desmontó la acusación aunque después de que fuese utilizada por la OTAN en su plan de desmantelar el estratégico estado libio.
El libro “The Private War of Women Serving in Iraq” recoge el testimonio de 40 soldadas del ejército de EEUU en Irak, agredidas sexualmente por sus compañeros “salvadores de las mujeres oprimidas”. ¿Cómo unos delincuentes podrían ser portadores de la democracia? Luego, se reveló la violación de una niña iraquí de 14 años en 2006 y el asesinato de su familia por el soldado Steven Dale Green y sus cuatro compañeros. Era la punta de iceberg.
Aunque ya no se habla de los refugiados
En las zonas de guerra, cientos de miles de mujeres sufren la violencia sexual por los “enemigos” oficiales, los hombres del gobierno y de la familia, y el personal de las ONG. La violación, la trata, la esclavitud sexual, el matrimonio infantil y el forzoso, y la prostitución a cambio de la protección o alimentos forman parte de la amplia gama de estas relaciones de explotación. Aunque la naturaleza íntima de la agresión sexual impide a que las víctimas hablen, ellas van rompiendo el tabú y denuncian estos crímenes contra la humanidad:
Llevar anticonceptivo consigo es imprescindible para las mujeres que se convierten en migrantes o refugiadas, y no sólo para así protegerse de los maridos desconsiderados (que se niegan a utilizar protección) y poder saltar vallas agarrando las manos de los hijos, sino también de los violadores que andan sueltos.
Desde Dinamarca, hasta EEUU llegando a Afganistán, el problema de la violación honda su raíz en la ideología que cosifica a la mujer, a la apología de la supremacía masculina, y unas relaciones y estructuras del poder económico, político y social que permite el dominio de unos sobre otras, y bajo diferentes conceptos “normalizados” como los “deberes maritales” de la mujer, o la pedofilia oculta en los “matrimonios con niñas”.
Los gobiernos deben expedir visados humanitarios a las mujeres solicitantes de asilo, y proporcionarles campos seguros. Y desear que acaben las guerras provocadas por los recursos naturales y las dictaduras, tiene que pasar de ser una utopía a una exigencia activa, para que nadie más tenga que huir de su tierra
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